Esto no se pretende ser una critica ortodoxa

Esto no se pretende ser una critica ortodoxa, es apenas una carta, un testimonio que a mi paso por Montevideo, le entrego al joven maestro Mauricio Sbarbaro en vísperas de sus treinta años.

No creo que el arte se mida por la edad del tiempo histórico. A menudo los más ancianos cronológicamente son los más infantes en la conquista de la pureza. Pienso en el Picasso de ochenta años, de quien vengo de escribir un prólogo para una muestra de sus vibrantes grabados de 1966.

Si digo pues, joven maestro para referirme a Sbarbaro es simplemente para ubicarlo generacionalmente, no para adoptar hacia él una actitud condescendiente que lo libere de su responsabilidad frente al arte, que hoy es la misma que deberá serlo a lo largo de lo que auguramos será una fructífera vida.

Sbarbaro está fascinado con los maestros del informalismo español y por momentos incorpora el espacialismo de Lucio Fontana.
Me parece importante y saludable tener maestros, no sólo en el propio quehacer como aconteció con Miguel Ángel Pareja, con Vicente Martín y con Lincoln Presno con quien hoy comparten estudio en Carrasco; me refiero además a esos otros maestros que le permiten al artista insertarse en la progresión estilística del devenir del arte, asumir el eslabón de la cadena que lo conecta al pasado y lo proyecta al porvenir. En este sentido Sbarbaro no se ha lanzado a la estéril aventura de “inventar” el arte, que es algo así como “inventar la pólvora”. Por el contrario aceptó el reto de la gran tradición estética europea y americana en su versión rioplatense para ser más específicos, uruguaya.

Me interesa destacar que América está presente en su pintura, su espacio épico, los colores del medio con el cual dialoga, los del río color melena de león.

Celebro esta nueva presencia, como argentino, de este nuevo valor de nuestra escuela rioplatense. Admiro no sólo el talento, sino además el carácter que signa cada una de estas piezas, que en su aceptación del sentimiento trágico de la vida, no renuncian a ciertos hallazgos o coincidencias con la otra mascara de la realidad, la del humor que resta solemnidad y empaque a su actitud vital.
Bienvenido pues Sbarbaro a esta trinchera del arte en la que no debemos olvidar el casco para soportar las presiones de todo tipo que acechan, y que hasta el presente lo ha logrado Vd. Derrotar.

No dudo que lo seguirá haciendo con cada espacio en blanco que transmute en la realidad del espíritu.

 

Rafael Squirru – Barcelona
Critico de Arte